La verdad de la posverdad

Hay un paradigma en la comunicación que reza que, si repetimos muchas veces un ‘algo’, ese se convierte en parte de la realidad en la inteligencia colectiva. En nuestro presente, el sentido común cede ante el sentimiento arraigado para gobernar y dirigir nuestra realidad.

Bernardo Flores Heymann

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El señor Donaldo Trump –Donaldo porque está tropicalizado a su país favorito– ha repetido incontables ocasiones que México es un país de bad hombres, violadores y narcotraficantes. No dudo que haya hombres malos, ni demás gente con empleos poco éticos, pero no todos los mexicanos somos así. Sin embargo, si ya teníamos una imagen más bien negativa ante el mundo, los tuits del señor de cabellos raros puso en un pedestal un horror inexistente.

El mismo presidente insulso asegura que los países centroamericanos son hoyos de mierda y que Fox, en su división de noticias, está en su contra. Aquí entonces surgen dos problemas, el primero su percepción de las cosas y la comunicación, principalmente negativa, y el segundo tema con esto es la razón por la que sus seguidores, votantes y demás personas lo creen. Podríamos entrar en discusiones decimonónicas sobre lo que está sucediendo, el odio arraigado y el éxito de sus argumentos –la mayoría sensibles, pero más allá de eso, lo que necesitamos comprender es el contexto de un mundo que jerarquiza los sentimientos sobre la lógica, una generación que fomenta la comunicación y viralización más allá de la persecución de la verdad, y gente que tiene el talante para impulsar ideas radicales y cambios venideros, pero que se concentra en perseguir una agenda propia ‘por el bien de los demás’.

 

El origen de los males

En 2016 Oxford, en su amplia tarea educativa, seleccionó como palabra del año un término grandioso y elocuente que retrata de manera significativa nuestro presente. Si bien antes la misma institución nos había dado grandes palabras para la posteridad, como selfie, el 2016 quedó marcado como el año de la posverdad: post-truth, para los letrados anglosajones, que se resume en priorizar las emociones ligadas a un hecho, que al hecho en sí mismo.

No está mal afirmar que la posverdad es, en realidad, una mentira emotiva. Y colectiva. En ellas, en las posverdades,  se apela al sentimiento generalizado sobre un tema, con otras ideas más bien arraigadas en la mente del colectivo para explotarla de manera sistemática con un fin único: ganar las elecciones del país más poderoso del mundo, liberarse del yugo de un sistema económico comunal y comercial, hasta para desmentir a cualquier candidato apuntalando una serie de fakenews.

Si bien la posverdad tiene sus raíces en ensayos político-académicos, su relación con el mundo moderno es tangible es capitalizable y digerible.  Es tangible porque vimos como, con mentiras emocionales se dio un Brexit y a las pocas horas se quisieron echar para atrás, es capitalizable porque Donaldo está ganando terreno político amenazando a los dreamers y es digerible, porque como todo en el siglo XXI, explota por minutos u horas y se desvanece en el camino de los interminables contenidos generados alrededor de cualquier situación o circunstancia.

Lo que está de moda son las historias personales y personalizadas, lo que funciona hoy es atiborrar de emociones y apelar a los instintos naturales más básicos –territorialidad, machismo– hasta las poca certeza de nuestras básicas –seguridad, empleo e ingreso– para convencer de un tema que, si bien no se basa en una realidad, su realidad está cimentada en ideas antagonistas y retrógradas que persiguen un bien común, pero no sabemos cuál.

La propaganda, a diferencia de la posverdad, tenía como objetivo influir en la lógica de las personas con un deje de emotividad que requería de un mínimo de sentido común.

El origen de todos los males en la era de la posverdad es la sensibilidad de las audiencias, la necesidad de ser escuchados y el ensalzamiento de temas mínimos que adquieren fuerza porque distan de lo que se podría considerar real y alcanzable.

Si el discurso de Trumpo hubiera sido al revés, quizá la posverdad no hubiera adquirido tanta relevancia. En vez de decir “México está lleno de bad hombres y por eso haremos de America great again”, el discurso podría haber sido: “Necesitamos hacer America great again para que los bad hombres no sigan creciendo en nuestro territorio”. Pero no fue así, y claro, fue un estrategema de comunicación.

Repetimos las mentiras

¿Se acuerdan de ese post que circuló hace un año que rezaba que cuando estábamos dormidos, comíamos no sé cuántas arañas? Luego circuló que había sido un experimento de alguna universidad de renombre para comprobar que nos tragamos todo lo que leemos. Si fue cierto, o no, todo el planeta leyó en el transcurso de seis meses que éramos araconfagos (no sé si existe la palabra, pero quiero contribuir al crecimiento de lengua española) y repetimos las mentiras una y otra vez.

mentirasUn ejemplo burdo, he convivido con jóvenes y adolescentes que le repiten constantemente a su pareja que la aman con tal de conseguir los favores carnales que cierran el círculo amoroso, y con tanta repetición, la otra parte lo acaba creyendo, divulgando y presumiendo. Pero una vez consumado el acto, el amor se termina para uno y sí “todo fue una mentira”.

Luego del sismo del 19S, además de las fakenews que teníamos circulando en redes, acabamos devorando muchas posverdades. Frida Sofía nunca existió, pero la posverdad que nos quedamos es que “fue una emotiva mentira para mantenernos unidos en tiempos de terror”. ¿En serio?

Hoy si repetimos muchas veces que ‘ya sabes quién’ es la mejor opción –que no digo que lo sea o no– estamos hablando de una posverdad que lleva 12 años gestándose. Recurre al sentimiento del imaginario colectivo de hartazgo de los abusos, de la falta de respuesta y del endemoniado crecimiento de las arcas de unos cuantos políticos a costa del pueblo. Cuando se zarandea el panal, apelando a las emociones más tribales: rabia, impotencia y enojo, lo que obtienes es una clase trabajadora molesta y dispuesta a tomar las armas, pero no quiere decir que lo argumentamos sea plenamente real. Sí, la situación del país no es la óptima, pero ‘gracias a Dios no somos Venezuela’ y tomarse licencias creativas, que apelen a las emociones en lugar de revisar a profundidad los hechos y criticarlos objetivamente, convierten nuestro presente en una repetición constante de posverdades, o dicho de una manera cruda nuestra realidad es un mentira más, compuesta de partículas de verdad, cada vez menos relevantes.

Si bien Oxford atinó en su definición de lo que hoy vivimos, el regresar el sentido común a un punto de equilibrio entre lógica, sensatez y emotividad, es un ejercicio cotidiano que parte de uno mismo y el futuro parte desde este presente ¿qué dirás la verdad o tu versión de la posverdad? Por hoy por hoy, vivimos de repetir mentiras que ya son –tristemente– nuestra verdad.

 

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