APOSTAR POR LA SOLIDARIDAD

Mucho hablan los medios de comunicación de que la notable solidaridad de la que la sociedad mexicana hizo gala a raíz de los sismos de septiembre se desinfló como un globo a las pocas semanas.

Estábamos tan orgullosos de ello, nos sentíamos únicos y privilegiados por haber actuado con tanta generosidad ante las necesidades de los damnificados y, oh desilusión… Resulta que somos como flor de un día.

La realidad es que no es tan poco lo que ha quedado, organizaciones, grupos y personas individuales, siguen trabajando en ello. Ya no son mayoría, pero hay muchos grupos sobre el tema, además de que innumerables jóvenes descubrieron la magia del servicio desinteresado, de ayudar sin esperar nada a cambio, y seguirán buscando oportunidades para practicarlo.

Por otro lado es normal que la solidaridad aparece o desaparece según la catástrofe de turno se exhiba o se olvide en los medios de comunicación. El sufrimiento ajeno, las catástrofes naturales son acontecimientos en los que se transmite una electricidad emocional especialmente intensa. Y durante los sismos, todos los que habitamos en las zonas afectadas, recibimos ese brutal sacudimiento físico que zarandeó, con igual fuerza, nuestras fibras emocionales y azuzó la solidaridad.

EL PESIMISMO CORTA ALAS, ESTERILIZA

A raíz de los sismos todos nos preguntamos si en la vida diaria, en las épocas normales colaboramos de algún modo al bien común. Estas cuestiones han hecho avanzar la civilización. Así se abolió la esclavitud o se conquistó el sufragio para las mujeres. Algo similar ha pasado y va a seguir pasando con la pobreza, el hambre, la inmigración.

Lo común, lo cotidiano es que nos preocupemos por nuestra familia, nuestro trabajo, por los pagos pendientes, las vacaciones o las próximas fiestas navideñas. Pero la realidad es que nos falta espíritu cívico y constancia. Todos los mexicanos tendríamos que estar siempre ocupados, como mínimo unas horas al mes, en alguna tarea comunitaria.

El egoísmo nos empobrece. No acabamos de entender que lo propio y lo ajeno son muy difíciles de separar y su relación es cada vez más fuerte. Es claro que tenemos el derecho, e incluso el deber de luchar cada quien por lo suyo, pero más vale que nos tomemos en serio eso de que vivimos en un mundo interconectado porque es así: el interés particular está fuertemente vinculado con el de otros. Ir sólo a lo propio indica una falta de visión que se paga muy caro. El egoísmo pone demasiados límites en todos los sentidos.

Por otra parte, criticar nuestra solidaridad pasajera es sencillo. Insistir en que los mexicanos somos un desastre ahoga las buenas intenciones. La psicología subraya algo que el sentido común tenía bien claro: no esperar nada de una persona equivale a cuestionar radicalmente su futuro, ayudar a su hundimiento. Si es tan clara la urgencia de fomentar la autoestima en las personas, ¿por qué no fomentarla en la sociedad? ¿Por qué ese afán de contar sólo lo negro? Ser pesimista, no es algo de poca monta, corta alas y esteriliza.

LA SOLIDARIDAD NO ES NINGÚN MÉRITO

Ayudar de alguna forma en servicio del bien común o solucionar carencias espirituales de los demás implica hacer a un lado el individualismo, el egoísmo, para ponernos en el lugar del otro. Pero no creamos que es ningún mérito, es parte de la justicia; la solidaridad es indispensable porque vivimos en sociedad y todos necesitamos de todos y porque nos reconocemos iguales en dignidad y derechos.

La solidaridad es una grave obligación moral para todos. Y sabemos lo que se repite en todas las sociedades: los más pobres, los que han conocido la necesidad y el hambre, suelen ser los más solidarios.

Por otro lado, la solidaridad se demuestra no sólo con los semejantes, sino especialmente con los diferentes, en los ambientes más difíciles se impone desplegar la creatividad para hacerse uno con ellos.

El Papa Francisco pide y ha pedido una y otra vez a católicos y no católicos, salir de nuestras casas e ir al encuentro de los más necesitados los enfermos, los huérfanos los ancianos solos… así lograremos ser unos verdaderos egoístas al modo en que lo entendía Aristóteles, para quien el verdadero egoísta es el generoso, pues se queda con la mejor parte.

 

PATRICIA MONTELONGO

Para: Alto Ejecutivo Mag No. 17Soli

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