ANNA ZARNECKI, UNA MUJER SORPRENDENTE

De Patricia Montelongo

 

No es fácil imaginar a una niña polaca de 13 años, en Siberia, agotada después de pasar el día en trabajos forzados, con escaso alimento en el estómago, escribiendo un diario en un pequeño cuaderno y, cuando las páginas se agotaron, en las orillas de papel periódico.

Esa niña es Hannia Zarnecki, quien vive en México hace mucho tiempo y ha cumplido 91 años, todos ricos en actividades, proyectos y logros.

La familia Zarnecki (padre, madre y dos hijas) vivía en Turmont, entonces Polonia, cuando estalló la segunda guerra mundial. Llegaron los rusos y decidieron que por su condición de burgueses merecían ir a trabajos forzados, subieron a un tren a miles de polacos y tras un muy largo viaje llegaron a Siberia donde permanecieron dos años en las peores condiciones.

Por encima del frío, lo más acuciante era el hambre que estuvo a punto de acabar con la vida de Hannia. Empezaba a desvariar, pensando que las tortas de lodo que hacía eran ricos panes de trigo.  Un pequeño cargamento de comida que envió la Cruz Roja Internacional le salvó la vida. Su padre se enroló en el ejército polaco que apoyaban los aliados y logró regresar a Siberia por su familia.

La familia logró salir de Siberia junto con cientos de compatriotas y, como su país estaba ocupado por Alemania, los llevaron a Irán a un campo de refugiados. Al cabo de un año, el pueblo iraní protestó porque el gobierno diera de comer a europeos, cuando los locales tenían hambre. Los trasladaron a la India y pocos meses después, ocurrió lo mismo.

Les dieron a escoger si aceptaban asilo en un país de África o en México, ya que el entonces Presidente Ávila Camacho ofreció recibir a refugiados de la guerra. Los trasladaron a Australia para embarcarlos rumbo a México, pero el barco zarpaba y regresaba a puerto. Ocurrió varias veces, porque los submarinos y torpederos japoneses y alemanes hacían que peligrara la travesía.

Por fin llegaron a Estados Unidos, “el país de la libertad”, gente de la Cruz Roja les dio ropa y comida, todo era limpio y eficiente, pero siguieron entre rejas, no eran libres.  Después de unos días, los subieron a un tren vigilado y con las ventanas bloqueadas y llegaron a la frontera. Allí cambiaron a un tren mexicano que enfiló hacia el sur.

AZNEn julio de 1943, 1453 polacos, llegaron en tren a León Guanajuato, donde les dio la bienvenida mucha gente local con banderas rojas y blancas, los colores de Polonia. Nadie esperaba ese recibimiento y nadie lo ha olvidado. Tras varios años de vagar sin patria, primero como prisioneros y luego como refugiados, en medio de bombardeos, con largos traslados en condiciones paupérrimas, por fin les abrían las puertas y el corazón de una nueva patria.

La mayoría nunca pudo regresar a su país, invadido por Rusia y, peor aún, la zona de donde venía la familia de Hannia, aquellos bosques y lagos que su abuelo amaba entrañablemente y que enseñó a sus nietas a amar de igual manera, pasó a ser territorio ruso y ahora es Vilna, capital de Lituania.

Hannia (Anna en México), estudió enfermería en la Cruz Roja, al tiempo que aprendía el español y después, en agradecimiento, a que le salvaron la vida en Siberia, dedicó más de 40 años a trabajar como voluntaria de la benemérita institución. Como Presidenta Nacional del Voluntariado y después como Presidenta del Comité de Asuntos Internacionales, enseñó a trabajar y formó, con su ejemplo y su palabra, a miles de personas de toda la República. Por esa labor ha recibido varias medallas y reconocimientos.

Estudió pintura y desarrolló una técnica personal que identifica su obra, a base triángulos, en colores pastel, con temas fuertes en muchas ocasiones, pero siempre intentando reflejar esperanza. Ha participado en más de 50 exposiciones en la Ciudad de México, en Polonia y en Estados Unidos. También como pintora ha sido condecorada por distintas instituciones de México y de Polonia.

¿Qué habrá llevado a esa chiquilla adolescente a escribir en Siberia un diario en las orillas del papel periódico? Ese diario infantil fue la materia del primero de sus diez libros, Polonia, viento y tinieblas (traducido al inglés y al polaco), y le ha permitido reflexionar sobre lo vivido y transformar el dolor y el desprendimiento en una vida de continuos proyectos y logros. A ese libro siguieron varios más. Libros escritos con el corazón, testimonio de vidas truncadas y esforzadas como la suya. También tradujo del polaco al español el libro de Teodor Parnicki Aecius El último romano.

Se casó con un mexicano y ha podido prodigar y disfrutar el cariño de hijos, nietos y bisnietos. Anna es incansable, a sus 91 años siempre tiene entre manos, distintos proyectos, un nuevo cuadro, un nuevo libro, una entrevista, la participación en un encuentro, programa de radio o televisión… Pero lo que más atrae de su persona es que ha vivido y vive de acuerdo a elevados valores y siempre es positiva, sencilla y alegre.

AZN1

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