2017, vivir sin gobierno

Por Agustín Llamas Mendoza

Parecería que este gobierno todavía no se da cuenta de lo que debería enterarse: la sociedad está harta no sólo del incremento en los precios y su secuela, sino de la ingobernabilidad que sufrimos.  Vivimos sin autoridad, sin liderazgo, sin rumbo, desperdiciando recursos, con corrupción e impunidad generalizadas y a todos los niveles y sin alcanzar a ver una luz al final del túnel.

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Vivimos sin gobierno. Para algunos podría ser una buena noticia dado que el hecho de no tenerlo, nos podría ahorrar mucho dinero y muchas frustraciones para aquellos que queremos un mejor país. Evidentemente no podríamos no tener gobierno, pero como el que tenemos hoy en día nadie lo quiere, es costoso, ineficiente y corrupto. Cualquier sociedad requiere de gobierno, pero de uno que no monopolice todas las gestiones y quehaceres, sino uno que corresponsablemente comparta el ejercicio del acto de gobernar.

De hecho, la nueva gobernabilidad, la democrática, presupone ello: que ninguna sociedad o sistema puede y debe operar donde sólo algunos monopolizan el poder y la autoridad. Nuestra clase política no sirve y se sirve de nosotros. Requerimos de un gobierno que tenga liderazgo, reconocimiento y legitimidad. EPN llegó al poder con amplia legitimidad de origen y solo le alcanzó para invertirla en el llamado Pacto por México. Después sólo ha desperdiciado ese capital político.  Se ha convertido en el presidente peor calificado desde que se miden popularidad y aceptación.  Todo comenzó a perderse cuando cínica o ingenuamente, afirmó que la corrupción es un tema cultural, tal vez pretendiendo justificar el tráfico de influencias desde el Estado de México hasta la llamada “casa blanca”.   Se agotó lo que se necesita para enfrentar el futuro del país y los retos que se nos presentan frente a un megalómano desde la auténtica Casa Blanca.

La situación que vive el país es de ingobernabilidad. Cada sector económico, político y social caminando por donde pueden. Es preocupante por muchas razones, entre ellas se podría tirar a la basura nuestro proceso de transición que tanto esfuerzo ha costado.  Llevamos prácticamente treinta años de haber iniciado ese trayecto de apertura económica y comercial, y veinte años de reformas electorales.  Todo ello plausible sin duda, sin embargo hoy nuestra clase política se empeña en echar a perder nuestra transición por mezquindades, egoísmos y privilegios que no quieren dejar atrás.  Suponen que la transición significa alternancia en el poder y se alinean para proteger sus fondos electorales. Nuestra clase política no quiere reformar el poder, solo quiere administrarlo y beneficiarse de ello. Es triste.

La ingobernabilidad se traduce entre otras cosas, en que los márgenes para operar de nuestra clase política cada vez son más estrechos.  El liderazgo que deberían ejercer ya no existe.  El desprestigio es mayúsculo.  La credibilidad es nula. No es gratuito que los actores que gozan del peor reconocimiento en la sociedad sean los diputados y que, sin pudor, se auto asignen un bono extraordinario en diciembre.

La ingobernabilidad también se manifiesta cuando no sólo no existe una estrategia de comunicación convincente, tampoco una oposición institucional con credibilidad moral, menos aun cuando se toman decisiones desde la ocurrencia, y en el escenario, no muy lejos, se ve agazapado un populista relamiéndose los bigotes esperando más inestabilidad para luego erigirse en el salvador de la patria.

Una gota de agua en el desierto ha significado que algunos empresarios no hayan signado el último acuerdo desde Los Pinos. No es plausible la postura de los empresarios por no haber firmado, sino las razones por las cuales no firmaron.  Han propuesto un acuerdo más completo y con metas específicas a lograr.  Independientemente si estamos o no de acuerdo con ellos, lo importante es que nuestra clase política le hacía falta un contrapeso.  Esperemos que sea el principio para ver esa luz tan necesaria al final del túnel y contribuir a la gobernabilidad estableciendo a) proyectos sólidos y duraderos; b) eficiencia gubernamental; y, c) hacer que el sistema responda al conflicto sin recurrir a la violencia.

Después de todo, y de nuestro vecino y lo que nos pueda afectar, también nos da la oportunidad de unirnos para enfrentarlo y para enfrentar los retos nacionales. Podríamos aprovechar esta coyuntura para repensar nuestro futuro.

 

 

 

 

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