CONSUMO COLABORATIVO -Compartir en lugar de poseer-

Patricia Montelongo

Los problemas que afectan a todo el planeta y atañen a todos los habitantes crecen día a día; la globalización trae consigo cambios mucho más profundos que los que imaginábamos y hay pocos precedentes que nos indiquen cómo solucionarlos.

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Por ejemplo, han aumentado los bienes públicos de la humanidad, como el clima, la seguridad, el internet, la salud, la estabilidad financiera… Pero como es lógico, hay incertidumbre sobre quién o cómo se debe gestionar esa responsabilidad compartida. Nuestra Tierra es, por ahora, de todos y de nadie. Un mundo de interdependencias y soberanías ambiguas que nos obligará a replantear un nuevo equilibrio entre los Estados, el mercado y la sociedad.

Se trata de conflictos que exigirían respuestas coordinadas, pero la realidad es que nadie quiere hacerse cargo o no hay autoridad competente. Esos asuntos van, desde la polución del planeta, a la atención para los millones de emigrantes y refugiados que huyen de las guerras o de la extrema pobreza, a la basura espacial, a la piratería en todas sus formas, a las aplicaciones benéficas o riesgosas de los avances tecnológicos…

La economía superó hace años las fronteras geográficas y políticas y le siguieron muchas otras realidades, como las finanzas y la comunicación digital. Ahora, las finanzas, que deberían estar al servicio de la economía y ésta al servicio de la sociedad, han logrado que se revierta el orden y nos encontramos con que sociedad y economía están al servicio de las finanzas. Con el agravante de que los circuitos que manejan las decisiones están lejos del poder político de los estados. Vivimos bajo el dictamen de un inmoderado capitalismo financiero.

En esta época todos navegamos, ya sea por espacios digitales, financieros o comunicativos, y para esos espacios desregulados de las finanzas y el consumo, las viejas categorías de estado nación ya no son útiles. Necesitamos otra manera de pensar para organizar el nuevo espacio público. Para llevar el orden y la civilización a escala global, requerimos reinventar la Política, la Economía, el Derecho, por lo menos, para que el mundo deje de tener propietarios y pase a ser un espacio de ciudadanía y cooperación.

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Por esa razón vemos que desde hace algunos años surgen iniciativas que parten de una nueva lógica, más cercana a los individuos y así oímos hablar de consumo colaborativo, economía compartida, bancos de tiempo, bancos de alimento, plataformas digitales que permiten el trato directo dejando de lado a muchos intermediarios hasta hace poco indispensables.

En 2011, la revista Time incluyó el consumo colaborativo entre las diez ideas que cambiarían el mundo y los resume como «el compartir reinventado mediante la tecnología». «Algún día miraremos atrás el siglo XX y nos preguntaremos por qué teníamos tantas cosas», dice el autor del artículo, Bryan Walsh «La opción inteligente hoy en día: no es poseer. Compartir» (Today’s Smart Choice: Don’t Own. Share).

Quizá esa idea sea el detonante de la verdadera revolución, transformar la propiedad privada sobre la cual se asienta la economía y hacernos más conscientes de que el futuro es de todos y que al compartir podemos corregir tanto desperdicio y abuso. «La vieja idea de la acumulación material, tan arraigada en el consumidor occidental, está empezando a cambiar radicalmente”, dice Rachel Botsman, autora del libro Lo mío es tuyo, y decidida impulsora de esta nueva economía.

“Yo, personalmente, dudo que los bancos tal y como los conocemos hoy sigan funcionando en una década”, afirma Botsman. “Todo está cambiando muy rápidamente y se está haciendo más participativo. Más que una tendencia, estamos ante una fuerza imparable que se está propagando a gran escala. Se está produciendo un definitivo giro de poder del centro hacia la periferia, con la ayuda insustituible de las redes”

Existen ya en todo el mundo infinidad de servicios y espacios de compra-venta, de consumismo individualizado, que responden a esta lógica de poner en contacto a través de la red, a los iguales y facilitar que resuelvan sus necesidades. Además de los conocidos gigantes como Airb&b y Uber, hay en cada país, iniciativas para intercambios de ropa, coches compartidos, préstamos económicos, trueque de comida y de servicios, los llamados bancos de tiempo y de alimentos…

Este movimiento de consumo colaborativo supone un cambio cultural y económico en los hábitos de la población mundial. Para algunos, responde a la inequidad e ineficiencia de tantos renglones vitales en el mundo. Sabemos, por ejemplo que 40% de los alimentos del planeta se desperdicia; que los coches particulares pasan 95% de su tiempo parados…

Como es lógico, estos modelos chocan con el estatus quo económico, en muchos casos con el legal, y no están exentos de abusos y de problemas. Sin embargo, verbos como compartir, prestar, alquilar, van ganando terreno y revelan una sociedad que desea cambiar su forma de vivir. Sin duda son buenas noticias.

Por último, agrego que no todo ha de ser a gran escala ni montado en plataformas digitales. Conozco un matrimonio joven que vive en Berlín, y que explican cómo, en un rincón de la entrada de su edificio hay un pizarrón donde los vecinos se ofrecen entre sí muchas cosas útiles, como un taladro, una escalera, una pulidora de pisos, una bicicleta… para quien lo necesite.

 

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