Sospechosas estadísticas

SOSPECHOSAS ESTADÍSTICAS

by Patricia Montelongo

interrogante

Hace años leí un artículo titulado: “Mentiras, grandes mentiras y estadísticas”, que no hizo sino confirmar la desconfianza que ya sentía por los promedios y las estadísticas. Cuántas decisiones en el mundo se toman con base en esos números y cuántos errores habrán generado. Las estadísticas, igual que los promedios, pueden falsear notablemente la realidad son manipulables y muchas veces peligrosos.

Acabo de escuchar en el radio a un analista político retomando una cifra que, aunque ha sido desmontada varias veces, es como un tren encarrerado, muy difícil de detener. Se trata de un número redondo, que caló con facilidad y se acomodó en la opinión pública, colgada del expresivo acrónimo ninis. “En México hay siete millones de ninis” (Jóvenes que ni estudian ni trabajan, además, popularizó la frase el rector de la UNAM, José Narro).

¡Horror! Pensamos todos, ¡cifra espeluznante, qué acumulación de frustración, de ocio, una bomba de tiempo, cuánta carne de cañón para las mafias…!

De hecho, en un informe de la OCDE, “Panorama de la Educación 2014”, la situación de los jóvenes mexicanos quedó en evidencia a raíz de esas cuentas: 2 de cada 10 jóvenes entre 14 y 29 años son “ninis” y además pierden, en promedio, tres años de su vida sin estudiar ni tener un trabajo remunerado.

Sin embargo, a poco que se indaga en esa cifra, brotan como hongos en tiempo de lluvia las imprecisiones. El dato no toma en cuenta un montón de variables sobre lo que el sentido común nos dice que es trabajo, sea o no remunerado.

Por ejemplo, ¿qué piensan todas esas mamás jóvenes (papás en algunos casos), que están criando hijos pequeños, de que se les considere ninis? Como no reciben remuneración se arrojan al saco de los que no trabajan, aunque con frecuencia lo hagan 18 o 20 horas al día. ¿Supone acaso que atender y educar a los futuros ciudadanos tiene tan escasa importancia que no vale la pena el esfuerzo de contar a ese grupo y sacarlo de la cifra global?

Tampoco se considera trabajo atender el hogar. Alguien dijo que si un día hicieran paro todos los abogados o economistas o choferes… sin duda se suscitarían muchos problemas, pero si dejaran de hacerlo todos los que se ocupan de las labores domésticas, entonces se desataría un verdadero caos. ¿Quién llevaría a los niños a la escuela, atendería al abuelo enfermo, prepararía comida, ropa limpia? ¿Quién haría hogar?

Como pocas veces es remunerado, no es trabajo, por tanto, al costal de los ninis, que equivale casi a un lastre social. Mujeres que se dedican al hogar integran nada menos que 79% de los siete millones, ¡vaya paradoja!, y eso que vivimos una época de abierta defensa de los derechos de la mujer…

También están entre los ninis, todos los jóvenes discapacitados que, aunque lo desearan no pueden trabajar por mil distintas razones.

¿Quién armó esa cifra? ¿Viene realmente del INEGI o alguien tomó datos que proporciona ese Instituto y la compuso? ¿Fue sólo torpeza o lleva intención política? Mucho más probable es lo segundo.

Por qué pensar que los millones de jóvenes de este país tienen sólo dos opciones en la vida: prepararse para la economía de mercado o ingresar en ella. Si no están en uno u otro lado, se quiere hacer ver como que son recursos humanos desperdiciados. Algo así le decían hace poco a una madre joven que rechazó un ascenso en la compañía trasnacional donde trabaja, porque valora más invertir su tiempo en el cuidado de dos hijos pequeños: “Date cuenta de que te estás desperdiciando”.

Para la economía de mercado cada hora de trabajo que no produce un efecto económico es un desperdicio, no importa que se ocupe en la tarea más retadora y apasionante que puede haber. ¿Será más trascendente crecer la participación de mercado de una marca de refrescos o de papel de baño que formar personas?

El hecho de que el trabajo en el propio hogar no se considere actividad económica porque no se tasa en el mercado, no significa que no exista ni le resta trascendencia. Recuerdo algo que repetía con frecuencia el doctor Carlos Llano: “¿Qué precio tiene una sonrisa?, ¿qué cuenta presento cuando visito a un amigo enfermo?, ¿qué ocurriría si nos declaráramos en huelga y cesaran todas estas acciones libres y personales hechas al margen de la política o de la economía?, o peor aún, ¿qué sucedería si pasáramos factura por ellas? ¿En dónde, fuera de la familia se aprende a sonreír, a servir, a practicar la ayuda al otro? ¿En dónde, fuera de la familia, se aprende a ser libre?”.

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